Arrojas tus brazos alrededor de mi cuello y no pido más. Apoyas la cabecita y lloro muy fuerte porque nunca podré agradecerte un amor tan grande, tan fuerte y tan inocente. Cada día te miro y sonrío porque estás, porque eres y porque me miras con una sonrisa que no merezco. El concerto de Schubert, el parque infantil y mis pastillas; tú estás detrás de todo. Yo ya no soy mío, solo tuyo. Mi futuro es tuyo, mi presente se vuelca en tus pasos y gestos. Lo único que temo es no poder protegerte de todos los desplantes que ya te pueden llover, aunque tú devuelves tu sonrisa como una barra de metal capaz de empalar a cualquier idiota. No puedo ser un padre cualquiera porque no eres un hijo cualquiera. Prometo acompañarte siempre, incluso cuando ya no me tengas al lado ahí estaré. Siénteme cerca como a mí me guían las almas dentro de mí. Pero no te confundas: esta devoción no proviene de ser tu padre, de compartir genes, sino que mirarte cada mañana y leerte cada noche, acogerte en mi regazo como el único ritual que ya tiene sentido. Te adoro porque cada pequeño gesto que repites se ha tatuado en mí hasta confundirse con la piel que se estremece al oírte balbucear. Tenemos un mundo por conquistar y nada temo porque tu manita estrecha la mía y me guía hacia delante.
sábado, octubre 10, 2026
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