Volver para comprobar lo que dejaste:
las esquinas que te enamoraron,
las calles donde sentiste un escalofrío
al sentirlas por primera vez.
Caer de rodillas ante una perfección sucia,
que se sabe modesta y por eso enamora.
Parques inmensos, fiesta hipster
y congresos de tecnología
para llenar un pulmón que nunca duerme,
unas venas bajo las que no se sabe
qué corre.
Nuevas canciones, empujones
para entrar en el vagón;
sabes que existe un espacio para ti
muy pequeño, muy al fondo,
aunque la realidad se esfuerce en negarlo.
Volver para comprobar qué creaste:
nada te acoge, solo te devora porque
te necesita, aunque quiera permanecer por siempre
la capital del reino.
Muestras de cariño como estalactitas:
lentas, dolorosas y de admiración obligada
durante miles de horas, hasta otra similar.
La realidad impuesta,
la suya,
siempre la suya.
Su encuadre, su mapa, su afición.
Hundirse en esos lagos que solo existen en fotografía.
La realidad, nuestra realidad, vive sometida
en contaminación, ídolos capitalistas
y postureo desbocado hacia la tibia indiferencia que quiere
el calor que nunca deja circular, solo atrapar.
El cariño de la respiración del metro nunca es calor,
solo sudor y notas equivocadas en un arpegio.
Volver para volver a odiarla.
Volver para volver a amar esa sonrisa
y esa mirada que nunca sale a la luz.
Volver para volver seis años atrás;
con más noches, menos música
y tras conocer la realidad. La realidad.
Volver, sabiendo en qué estado se vuelve.
jueves, septiembre 11, 2014
domingo, septiembre 07, 2014
El tiempo es lo que más me aterra en este mundo. No se trata de la muerte, el final que siempre llega; el fin es solo la última página, nada que en comparación con la obra magna que construimos durante décadas. La cruel ironía del tiempo es que no se recorre, no se mide, no se vive. El tiempo solo existe atrás, un cemento que fija la piedra mal colocada, enmarca la escena que nunca tuvo lugar. El miedo al futuro deja ver el pánico a un pasado aún no pasado que tendremos que cargar sobre nosotros, que seremos nosotros. Una elección no es adquisición sino pérdida, un hijo nonato cuyo pañal siempre sucio guardaremos en nuestra maleta. El tiempo me asusta porque me modela como el agua al acantilado, convirtiendo los roquedos en suaves playas. Los segundos que me han traspasado no me han construido como quería, ni como quería alguien, sino como nadie previó. Así, ¿cómo voy a creer en planes, proyectos ni en conocerse? Con suerte, somos tiendas de campaña con piquetas inmersas en gelatina. Aprender es dar palos de ciego al aire, rezando por mantener la cabeza bajo el agua helada, sin respirar para impedir que los pulmones se llenen de minutos. Pero el tiempo nos saca siempre a flote, nos arroja contra nuestras alegrías y nuestros icebergs, nos cepilla los cabellos para continuar caminando. Seguir. El tiempo sigue y nos hace creer que también seguiremos. No hace falta morir para parar porque nunca seguimos nosotros: el tiempo coloca a un jinete u otro sobre el caballo desbocado de nuestro nombre. El banquillo es largo, siempre hay otros que no conocemos y alimentamos en cada desayuno. El miedo al tiempo es miedo al cambio y el miedo al cambio es miedo a la vida. Vivir asusta porque no podemos ser nosotros mismos, no sabemos qué somos. El oráculo nos desafió a conocernos y miles de años después seguimos corriendo sin meta. Quizás correr sea la única meta. Quizás el tiempo solo sea seguir corriendo.
jueves, septiembre 04, 2014
Dicen que hay dos tipos de personas: los que te avisan de que tienes el bolso abierto y los que te lo cierran con una broma. Disfrutes de edificios o comida, te sumerjas en playa o montaña, siempre son las personas las que te sorprenden. Las cosas permanecen, nosotros las vemos, nosotros las seguiremos construyendo. Gritamos por ver un atardecer eterno: uno que no muera entre cadáveres de hormigón sino que se hunda majestuosamente en un lecho blanco y dorado, entre las pocas velas que osaron izal en plena tormenta. Estoy solo y no busco remedio porque no hay mal que curar; las bendiciones siempre son vistas con recelo desde el exterior. Vaya a donde vaya me persiguen mis miedos y mi sonrisa, mis manías y mis esperanzas fenecidas. El camino no tomado serpentea a mi lado, mientras sigo intentando cerrarle la mochila a mi predecesor en la travesía; él sin esquíes, yo en pantalón corto. De vez en cuando, mi lado intenta morderme para arrastrarme a un pasado que nunca existió, pero ya es demasiado tarde para inventar nuevas voces. La realidad es lo único que vivimos, lo único que creamos entre todos; nosotros mismos solo colgamos inermes al compás de las agujas de ganchillo. Sueña lo que quieras porque todos aterrizaremos en el mismo descampado, lejos de cualquier baile. Reduce a primera y sigue subiendo, toca la bocina en la curva y nunca lleves gafas de sol. Ya hemos bailado con muchas caras; pasa de canción y espera a un amanecer que, por una vez, te pille de sorpresa.
viernes, agosto 29, 2014
El miedo a mandar un correo solo puede compararse al silencio que sigue a un comentario sincero. Solo entonces palpamos la inmensidad del universo, el tejido del espaciotiempo y las cuerdas. Siempre hay cuerdas delante de nosotros, como anzuelos que nos arrastran o líneas de vida que nos ayudan a subir. Para unos, lo hablado conforma el bozal que limita nuestro próximo discurso. Para otros, las palabras construyen nuestra identidad y nos hacen más guapos y hermosos. Para mí, siempre hay algo más; todo es política y mis gestos, la crisis eterna. Cuando actúo no sigo cuerdas, yo mismo me trenzo en diferentes bocas que nunca desayunan en la misma mesa. Escribo para que no me lean, hablo sin que nadie me escuche, canto dentro de mi cabeza para que nadie me oiga. Conocerme está sobrevalorado; no hay nadie detrás del telón. Sé tu mismo, dicen; conócete a ti mismo, decían. No te enerves discutiendo ni pongas la pierna sobre la mesa porque tu monólogo no pasa de la segunda línea, donde pides perdón por haber hablado y vuelves a sentarte. No imites mis palabras porque suenan (y son) vacías en el eco de tu caja torácica. Cuando, en la sombra donde nadie te ríe, hagas algo más que dormir, podrás hablarme. Hasta entonces, yo seguiré desdoblándome, siendo agua y tierra, riendo cuando los demás no me conozcan. Subiendo y empujando, cantando y comiendo, escribiendo y sudando; puedo decir que me voy construyendo, aunque sea enlace y no molécula. Y, un día, dejar de serlo para ser solo viento y la inmensidad del universo.
domingo, agosto 17, 2014
"Es curioso que las artes liberales de este Estados Unidos milenario traten la anhelada anhedonia y el vacío interior como algo que está de moda. Acaso se trate de vestigios de la glorificación romántica de la Weltschmerz, que significa cansancio del mundo o hastío contemporáneo. Tal vez esto se deba al hecho de que aquí las artes son producidas por gente mayor cansada del mundo y refinada, y consumidas por gente más joven que no solo las consume, sino que las estudia a la búsqueda de claves para ir con los tiempos, lo cual implica ser aceptado, admirado o incluido y, por ende, no estar solo. Olvidémonos de la llamada presión de los pares. Es más como hambre de pares. ¿O no? Entramos en una pubertad espiritual en la que descubrimos el hecho de que el gran horror trascendental es la soledad, el enjaulamiento en el propio ser. Una vez que alcanzamos esa edad, damos y recibimos lo que sea y usamos cualquier máscara para encajar, para no Estar Solo, nosotros, los jóvenes. Las artes americanas son nuestra guía a la inclusión. Una guía práctica. Nos enseñan a fabricarnos unas máscaras de hastío e ironía cansada a una edad en que el rostro es lo bastante dúctil como para asumir la forma de lo que lleva puesto. Y luego allí se queda ese cinismo fatigado que nos salva del sentimentalismo empalagoso y de la candidez no refinada. En este continente, sentimiento equivale a candidez [...] lo que pasa por trascendencia contemporánea y cínica del sentimiento es en realidad una especie de miedo a ser verdaderamente humano".
[...]
"Las autoridades llaman a esta condición «depresión clínica» o «disforia unipolar». En realidad, se trata de una simple incapacidad para los sentimientos, una muerte del alma [...] Ello es un grado de dolor psíquico totalmente incompatible con la vida humana tal como la conocemos. Ello es una sensación de mal radical y consumado no solo como una característica más, sino como la esencia misma de la existencia consciente. Ello es una sensación de envenenamiento que invade al ser en sus niveles más elementales. Ello es una náusea de las células y el espíritu. Ello es la preclara intuición de que el mundo es totalmente rico y animado y unitario y asimismo totalmente doloroso y maligno y contrario al ser, al que no solo deprime, sino que también lo infla y coagula y lo envuelve con sus negros pliegues y lo absorbe en su interior de modo que se alcanza una unidad casi mística con un mundo cuyos constituyentes significan daños dolorosos para el ser. Tal como Gompert describe la sensación de Ello, su carácter emocional parece ser indescriptible, salvo por una especie de doble dilema en virtud del cual cualquiera o todas las alternativas que asociamos con la acción humana -sentarse o estar de pie, hacer cosas o descansar, hablar o estar en silencio, vivir o morirse- no solo son desagradables, sino también espeluznantes".
[...]
"Esta Incapacidad anhedónica para Identificarse forma parte integral de Ello. Si a una persona con dolor físico le resulta difícil prestar atención a algo que no sea el dolor, una persona clínicamente deprimida no puede ni siquiera percibir ninguna otra persona o cosa como independiente del dolor universal que la digiere célula a célula. Todo es parte del problema y no hay solución. Es un infierno".
La broma infinita, David Foster Wallace.
[...]
"Las autoridades llaman a esta condición «depresión clínica» o «disforia unipolar». En realidad, se trata de una simple incapacidad para los sentimientos, una muerte del alma [...] Ello es un grado de dolor psíquico totalmente incompatible con la vida humana tal como la conocemos. Ello es una sensación de mal radical y consumado no solo como una característica más, sino como la esencia misma de la existencia consciente. Ello es una sensación de envenenamiento que invade al ser en sus niveles más elementales. Ello es una náusea de las células y el espíritu. Ello es la preclara intuición de que el mundo es totalmente rico y animado y unitario y asimismo totalmente doloroso y maligno y contrario al ser, al que no solo deprime, sino que también lo infla y coagula y lo envuelve con sus negros pliegues y lo absorbe en su interior de modo que se alcanza una unidad casi mística con un mundo cuyos constituyentes significan daños dolorosos para el ser. Tal como Gompert describe la sensación de Ello, su carácter emocional parece ser indescriptible, salvo por una especie de doble dilema en virtud del cual cualquiera o todas las alternativas que asociamos con la acción humana -sentarse o estar de pie, hacer cosas o descansar, hablar o estar en silencio, vivir o morirse- no solo son desagradables, sino también espeluznantes".
[...]
"Esta Incapacidad anhedónica para Identificarse forma parte integral de Ello. Si a una persona con dolor físico le resulta difícil prestar atención a algo que no sea el dolor, una persona clínicamente deprimida no puede ni siquiera percibir ninguna otra persona o cosa como independiente del dolor universal que la digiere célula a célula. Todo es parte del problema y no hay solución. Es un infierno".
La broma infinita, David Foster Wallace.
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