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lunes, diciembre 22, 2008

Siempre me ha gustado la niebla. Sé que es la responsable de muchos accidentes de tráfico, que no nos deja ver la belleza de los paisajes, pero nos proporciona otra belleza. Cuando miramos a la niebla, no vemos nada, solo es humo. Sin embargo, a través de ese humo podemos percibir retazos de realidad: un árbol, un camino. La gente odia mirar y no ver nada, pero si aceptamos esa condición, si sabemos que no veremos nada, veremos más de lo esperado. Si miramos a la niebla con la mente vacía, sin querer ver más allá, veremos dentro de nosotros, veremos nuestros miedos y esperanzas proyectados en ella. Veremos cómo el humo va tomando forma humana, veremos nuestra infancia, veremos nuestra muerte. La niebla es como el vaho, hace gracia a los pequeños y molesta a los mayores. Tenemos que esforzarnos por ser como niños, ver en la niebla un extraño conjuro, en el vaho nuestra alma que se esfuerza por salir y volar libre. Tenemos que admirar lo que vive a nuestro alrededor, y cambiar lo que nos avergüenza, pero nunca sentarnos y llorar; siempre hay que luchar. Esta lucha es la más dura, porque se produce día tras día, pero los que sobreviven a ella pueden llamarse con orgullo personas. Un abrazo

jueves, agosto 23, 2007

No sé qué escribir. Me limito a dejar libre mi mano, y que ella decida qué crear sobre el vacío porque yo no tengo la menor idea. Dejaré que ella decida si es un hombre o una mujer, si está alegre o está triste. Que ella se ocupe del lugar; un bar estaría bien, pero yo no tengo nada que decir: he delegado completamente en ella. Que sea ella quien decida el porvenir de los protagonistas, sus amores y desamores, si comen o pasan hambre. En su mano está (nunca mejor dicho) que vivan o mueran; yo no quiero saber nada de ellos. No quiero volver a pasar por la asfixiante presión de tener la titánica tarea de poblar el mundo vacío delante de ti, y no saber cómo hacerlo, ni con qué. Si la gente supiera estos problemas, seguro que no querría ser Dios. Yo quiero ser normal, con mi alienante trabajo que no me exige demasiado. Así no tengo que enfrentarme a mí mismo, sumergirme en mi interior buscando algo para plasmarlo sobre algo ajeno y con esta nueva perspectiva ver todo con mayor claridad. De esta forma no tengo que enfrentarme a mí mismo, descubrir mis miedos y mis virtudes, mis fallos y mis secretos. Dejaré que los músculos guíen al cerebro, contradiciendo los principios de la ciencia. Liberaré a mi mano del despotismo de la razón; yo no sé qué escribir.
 

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