El pasado día 1 mi hermano y mi cuñada (en el fondo hermana) tuvieron un precioso hijo que se llamó Fernando. El parto tuvo complicaciones, lo pasamos todos mal, pero el chico mereció la pena. Pues bien, el caso es que me pasé horas mirando al bebé, lo tuve en brazos, pero no me sentía tío. Era como el niño del vecino, que te lo pasan para que lo admires, pero hay una mampara. Sin embargo, el otro día no sé qué estaba viendo en la tele que salió una guardería social, el único hogar que encuentran muchos inmigrantes en tierras extrañas. Vi a los niños y niñas jugando en el recreo, riendo, llorando porque no pueden jugar con todos los juguetes a la vez, y me emocioné. Me emocioné no por la escena en sí, sino porque imaginaba a Fernando así, sin juguetes, sin medicinas, sin futuro, y se me partió el alma. Di gracias a Dios por su situación afortunada, recé para que todo le fuera bien, que la vida fuera amable con él, pero también para que él supiera ser amable con el destino. Fue en ese momento, creo, cuando empecé a ser verdaderamente su tío. Un abrazo infantil, como deberían ser todos.
PD: Perdonad las pocas entradas de este mes, pero ya se sabe, los exámenes.
martes, junio 09, 2009
Mis manos sujetan con fuerza la pala. Los callos acomodan la madera, alguna madera se engancha en mi piel pero nada se clava. La cuchilla de metal se hunde en la tierra, en el cráneo de nuestra madre, y separa granos de granos, granos que irán a una avenida o a una pared. El sudor recorre mi espalda como una anguila eléctrica, que me obliga a cavar más rápido, antes de que el Sol se ponga. La tierra se va amontonando a mi alrededor, ¿cuándo he sacado tanta?, el agujero parece más una escalera al infierno, a mi infierno, que un simple vacío de contenido. Quizá el averno es eso, solo un vacío de algo que no sabemos si existió. Si fuera así, por fin he hallado el lecho para tu retrato, para mi calma. La gente pasa andando por la acera, niños con globos, abuelos con bastones. Esta es una calle más, este es un obrero más, pero en el montón de tierra que voy sacando puedo encontrar mechones de tu pelo, en ese volcán late en silencio tu mirada. Y yo sigo cavando, quebrando raíces para la vida, construyendo una tumba, no sé si para tu sonrisa o para mí.
viernes, mayo 29, 2009
Estoy descalzo, los dedos del pie acarician la suave alfombra. Los dedos se mueven solos, no hace falta que les dicte: hace tiempo que dicté todo. Dentro de unas horas se casa mi hermano, y pienso en Adán. Cuando Dios le quitó una costilla, Adán sintió una pérdida, una parte de su cuerpo cruelmente amputada. Es cierto que nunca pidió ese regalo, que muchas veces ese hueso le impedía correr más rápido, saltar más alto, pero era suyo, y lo añoraba. Hasta que vio la recompensa, y la aceptó gozoso. Hoy me hallo ante un problema similar. Como dirian los viejos, que de esto saben, no pierdo un hermano, sino que gano una hermana. En cierta forma es así. Hace dos años gané una hermana, y esta tarde tendré un hombro más en el que llorar (espero que no haga falta). Pero en realidad no pierdo un hermano, porque siempre lo tendré al lado (su independización es a diez metros de distancia) y además será una pareja feliz. Lo sé. Por eso escribo esta entrada, para dar las gracias a quien esté arriba por mi familia, y en especial por mis hermanos y hermanas. Mi hermano me acaba de abrazar, está más nervioso de lo que aparenta, pero aun así nos tomamos el pelo. Gracias por la vida que me ha tocado vivir. Un abrazo.
domingo, mayo 24, 2009
Necesito verte otra vez para sentir que este mundo tiene sentido. Necesito tus ojos que me calman hasta poder dormir algo, después de estas semanas en vela, pensando qué es lo que te ha pasado para que no me llames, no me escribas, siquiera pienses en mí. Echo de menos tu pelo, acariciado por el viento como el tutú de una bailarina. Necesito tu piel, necesito esa fragancia que aparece en mis sueños, abandonándome a ese orgiástico perfume que me hace flotar por encima de la mediocridad hasta llegar a la luz, a ti. Te echo de menos. Estás lejos. No son kilómetros, sino la espesa niebla quien nos separa. No te veo sonreir. No escucho esa risa ingenua y provocadora. No veo el mar a través de tus ojos. No estás, y yo espero, pero tú no llegas. He superado miles de obstáculos. He vuelto de la muerte y de la oscuridad para verte, y no estás. He luchado contra millones de monstruos horripilantes, con formas y voces psicodélicas, que atenazaban mi razón sin poder pensar. He hecho todo esto, y muchas cosas más, para volver a verte. El sol te necesita para salir por la mañana. La tierra depende de tu risa para seguir girando. El fuego nace de tu corazón. Los sueños son tu respirar. Mi mañana, tu mirada. Y tú no estás.
jueves, mayo 21, 2009
Una semilla entre otras muchas. Cada cajita cerrada, con tierra calentita. Todas crecen al mismo tiempo, la savia circula al mismo son. Una de ellas crece igual, pero tiene una hoja de más. Una hoja que lo diferencia de los demás, que le impide pasar desapercibida entre los demás tallos. Los demás ríen, y ella solo mira hacia el sol. El sol riega a todas, y todas van creciendo. Una de ellas tiene una hoja más, un cubo más de vida, y crece antes que las demás. La yema asoma por encima de la muralla de corcho blanco, y ve el mundo. Habla a sus compañeras del horizonte, de los árboles, de las personas. Las demás la envidian, y tratan de crecer. Una de ellas se corona de sol, se adueña del mundo. Viene el agricultor, y la transplanta. Un sitio nuevo, con nueva tierra. Otras plantas, pero iguales a las anteriores. Todas en línea, obedientes al destino. Una de ellas descansa, porque tiene una hoja más. Las demás crecen y crecen, su tronco se hace recio, sus hojas se convierten en ramas, espadas hacia el frío. Un tallo permanece en el suelo, con una hoja de más, pero con las tripas verdes, y sin ramas ni escudos. Mira hacia arriba, y los árboles le cortan el sol, las raíces la obligan a torcerse hacia lo infinito. Sus hilos se retuercen, sus pequeños pies se retuercen hasta que muere. Los demás árboles también morirán, pero dejarán una sombra seca. En cambio, el tallo ya ha sido tragado por la tierra, y una inmensa raíz cruza su antiguo hogar. No hay huellas de vida.
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