Las bombillas se reflejan en tu pelo, en tus ojos, en tu cuello. Sentado en la cama te observo y disfruto de la vida, porque verte es mi vida. Las manos, expertas, van del cepillo a la sombra de ojos, todo el tocador es un altar construido en tu honor. El móvil vibra, y sonríes, y yo sonrío. Te acercas a la cama y te sientas a mi lado. No me miras, pero me da igual. Me pierdo en tu perfume, floto en la felicidad que se derrama sobre tu cuello. Te vuelves hacia mí, me miras pero no me ves, y tratas de espantarme. Me alejo un poco, y sigo disfrutando. Mi pequeño cuello se balancea de un lado a otro, siguiendo tus caderas, tu sagrada tripa, donde bebería mil rones o cien cavas. No puedo evitarlo, salgo volando hacia esa peca que me vuelve loco, quiero acariciarla, quiero sentirla parte de mí. Me acerco, me da miedo tocarla, me da miedo ser parte de ti, pero al final lo hago. Te vuelves y me descubres, intentas cazarme. Intento huir, pero eres más rápida. Mis pequeñas alas no pueden huir del matamoscas, y al final acabo en tu tocador, al lado del pintalabios. Sangro, lloro, pero me enternece pensar que soy parte de tu altar, que estoy justo al lado del objeto que cada noche besa tus labios. Poco a poco me muevo, yo también quiero probar esa miel, pero me ves, y no me dejas huir al cielo. Me arrojas al suelo. Tu zapatilla, ese perrito marrón con ojos saltones que me cautivó, se cierne sobre mí. Cierro los ojos, siento tu perfume, y soy la mosca más feliz del mundo
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