Mostrando entradas con la etiqueta concierto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta concierto. Mostrar todas las entradas

viernes, octubre 31, 2008

Camino por el paseo Independencia. He terminado las clases y me voy a casa, pero no puedo evitar observar lo que ocurre a mi alrededor. A esta hora (las 12 o por ahí) la gente camina ocupada, de un lado a otro, intentando encontrar algo que les dé sentido a sus vidas. Ya no hablo sólo del típico ejecutivo con traje, sino también del dueño del pequeño kiosco, del abuelo con sus hijos, de los estudiantes que vuelven a casa. El viento, siempre nuestro viento, está ahí, jugueteando con hojas secas que eleva hasta nuestras caras, pero no nos damos cuenta de ellas. Seguimos caminando, pensando en nosotros hasta que encontremos a alguien que piense en nosotros. Sin embargo, el viento me trae algo más que muerte: música. En un porche, intentando huir del cierzo, reposa sereno un hombre con un acordeón, tocando la que para mí es una de las más exquisitas canciones: el Canon de Pachebel. Toca tranquilo, sin fijarse en la gente que le arroja sus sueldo en una bolsa de plástico. Toca tranquilo, sin convenciones de compás o intensidad. Siente la canción, siente cada corchea, y logra transmitir esos sentimientos a su instrumento, con el que tantas cosas ha vivido. El sonido de su acordeón deja de ser ondas para convertirse en magia, en pequeñas pizcas de vida que nos inundan, nos supera, sólo podemos escuchar la canción, dejarnos llevar por esas notas rápidas y frágiles, por esas notas largas y seguras, por el silencio entre una nota y otra. Sus dedos se separan de la teclas, y por unos segundos todos seguimos callados, mirando cómo suspira al acabar su partitura. Vuelven los coches, las hojas, el ruido, y corro para no perder el autobús.

domingo, septiembre 21, 2008

Como mañana empiezo la universidad y no estoy para reflexiones profundas, os dejo con una canción que seguro habéis oído alguna vez, pero que me encanta: Hallelujah, de Leonard Cohen (os dejo dos versiones, ninguna es la original de Cohen, no la soporto). Recibid una fuerte abrazo casi universitario.

Versión de Rufus Wainwright (la más conocida):



Versión de Damien Rice (interpretada en la gala de entrada de Cohen en el Salón de la Fama del Rock and Roll):



¿Cuál preferís?

miércoles, septiembre 10, 2008

El pasado domingo (sí, ya sé que estamos a miércoles, estoy ocupadete) fui a la Expo de mi ciudad, Zaragoza, y aparte de pasarme el día entero haciendo cola hasta para ir al baño (si puedo el lunes os hablaré de la Expo), fui a ver un concierto de Loquillo, que si miráis el archivo podréis ver una canción suya. Pues bien, fue algo impresionante. Aunque pueda sonar pretencioso, el Loco dijo una frase al comienzo del concierto que lo resume todo: No vais a ver un concierto de rock al uso; vais a ver las señas de identidad del rock español. Y así fue. Fue un continuo manantial de talento, de música buena, de una voz impresionante. Más de una vez he dicho que para que un cantante sea bueno tiene que ser un egocéntrico, casi megalómano. No he tenido el placer de hablar con Loquillo, pero en el escenario derrocha carisma, fuerza, ironía, pasión. El final fue parecido al del vídeo, gritando desgarrado por los suelos, pero me atrevería a decir que incluso mejor. Loquillo lo dio todo, pero también sus músicos, fueras de serie (destaco al guitarrista, que no paró quieto en todo el concierto), e incluso los invitados, porque al ser un concierto homenaje por los 30 años de carrera, hubo invitados, y qué invitados. Jaime Urrutia, Sabino Méndez (compositor de las grandes canciones de Loquillo), Gabriel Sopeña (de la tierra, gran apoyo del Loco), Pereza y El columpio asesino (no preguntéis) Un concierto mítico, que ha marcado historia por lo menos para mí; hacía mucho tiempo que no iba a un concierto tan bueno. Si tenéis la ocasión, no os lo perdáis.

jueves, junio 19, 2008

Sé que he hablado del tema una y otra vez, pero tengo que seguir hablando, seguir cantando, por la música. Ya sabréis a estas alturas que hacemos un concierto y que la profesora, Juani, murió. Pues bien, ayer hice mi último concierto, y hoy me he despedido de todos. Ahora mismo mi cara está desfigurada por el llanto, pero tengo que seguir cantando. Después de todos los malos momentos, las peleas contra todo, hemos seguido adelante, y hemos hecho un año más el concierto. Ahora me voy, y el concierto pasa a ser de otros, pero siempre será mío. Siempre llevaré en mi corazón todos los recreos con mi xilófono, todos los conciertos, todos mis hermanos. Siempre ha sido algo excepcional, pero hoy me he dado cuenta de que ha sido uno de los pilares de mi vida: a cada momento he estado pensando en el concierto, en el repertorio, en todo. Hoy me he dado cuenta de que quiero a las pequeñas que han hecho posible el sueño de Juani, y también el mío: la música sigue viva. No sé lo que pasará, pero sé que le debo a Juani más de lo que podré pagar en toda mi vida. La música ya no es un mero sonido, sino mi corazón, mi alma, mi respirar, todo. Lo he aprendido gracias a mis chicas, a mis ángeles que han luchado contra viento y marea para tocar, y han comprendido lo que es la música. No sé si algún día volveré a visitar el instituto, pero siempre veré el aula de música, mi corazón. No sé lo que escribo, ni me importa, sólo quiero dar las gracias a todos: Laura, Alicia, Laura, Beatriz, Ana, Carlos, y por qué no también a Sara, Vicky, María, Jorge, Marta y Carlos. Más allá de las palabras puedo escuchar una frase, mítica en el concierto: sois mis chicas, y siempre os daré las gracias. Como discurso vale una mierda, pero me da igual; nunca estaré solo.

lunes, junio 09, 2008

Hace tiempo que no escribo aquí, y mucho más que no digo nada de mi vida. Pues bien, hoy me voy a explayar a gusto. Mañana empiezo los exámenes de selectividad, que deciden qué carrera puedes estudiar. Veo en la televisión gente sin dormir, bebiendo litros de café, y no puedo sentir lástima; yo estoy en mi casa escribiendo tontadas. Pero yo también sufro, no nervios, sino nostalgia. Con estos exámenes digo adiós al instituto, en el que he pasado 6 años de mi vida, realmente buenos. Me han aportado abono suficiente como para seguir creciendo, y este último año he intentado devolver un poco de ese regalo a las nuevas generaciones (me siento viejo al decir esto) Es por eso por lo que he dedicado todos mis recreos al concierto de música, enseñando y hablando con mis chicas, tratando de transmitir todo lo que un día me enseñaron de la música, no como notas, sino como vida. Pero más importante que eso, es el sentimiento de pertenecer a un grupo de personas de diferentes edades y gustos, unidos por su pasión por la música. Eso es lo verdaderamente enriquecedor del concierto: salir de tus grupitos endogámicos de niños y recibir la sabiduría, las bromas de gente mayor que tú, que siempre tienen una sonrisa, una frase cariñosa para ti. Esa es la razón de que defendiera el concierto cuando estaba a punto de morir, y que intente captar nuevas mentes para el año que viene, para que la música siga sonando, que la voz de Juani siga viva.

lunes, abril 21, 2008

Hoy para festejar que tengo una semana libre de exámenes (a ver si me pongo más con el blog) os dejo con otra gran canción. Quizás abuso de Youtube, pero es un gran invento, siempre y cuando se use para el bien. Hoy os dejo con una gran canción de Loquillo y los Trogloditas: Cadillac solitario. Disfrutad de ella



Cadillac solitario

Siempre quise ir a L.A.
dejar un día esta ciudad.
Cruzar el mar en tu compañía.

Pero ya hace tiempo que me has dejado,
y probablemente me habrás olvidado.
No sé que aventuras correré sin ti.

Y ahora estoy aquí sentado
en un viejo Cadillac de segunda mano
junto al Mervellé, a mis pies mi ciudad
y hace un momento que me ha dejado,
aquí en la ladera del Tibidabo,
la última rubia que vino a probar
el asiento de atrás.

Quizás el "martini" me ha hecho recordar
nena, ¨por qué no volviste a llamar?
Creí que podía olvidarte sin más
y aún a ratos, ya ves.

Y al irse la rubia me he sentido extraño,
me he quedado solo, fumando un cigarro,
quizás he pensado, nostalgia de ti
y desde esta curva donde estoy parado
me he sorprendido mirando a tu barrio,
y me han atrapado luces de ciudad.

El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras luce solitario
y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras luce solitario.
Y no estás tú, nena.

viernes, enero 25, 2008

Después del lirismo de mis últimas intervenciones, quiero hablaros de la vida real (bueno, la que llamamos real) y de lo que la mueve. Es asombroso cómo ciertas imágenes, ciertas acciones, sobrepasan su propio sentido y adquieren una nueva dimensión. Es el caso, por ejemplo, de las connotaciones de la luna para Lorca, o de la fuente para Machado. Sin embargo, eso también ocurre con cosas "normales", bueno quiero decir que nos pasa a los mortales. Para mí, ese algo es el concierto de música de mi instituto. Desde 3º de la ESO he gastado la mayor parte de mis recreos en subir al aula de música para tocar los xilófonos, y me ha encantado. Era una ocasión para bromear con los amigos mientras tocas un instrumento y gozas de la música. Sin embargo, el año pasado dejo de ser un simple concierto para ser algo más. La profesora que nos ayudaba (y que nos reclutaba) en el concierto, Juani, murió, y el instituto enteró calló. Durante una semana, la gente languidecía en los pasillos, en las clases, después de recibir un mazazo como ese. Sin embargo, los "músicos" no callamos, y guardando nuestras lágrimas seguimos tocando, y llegamos hasta final de curso. En ese final de curso se organizó un especial en memoria de Juani, en el que hubo numerosos conciertos. Acudieron tenores, pianistas y muchos más a su llamada, y como no, también fuimos nosotros. Ahora mismo unas tímidas lágrimas asoman a mis ojos cuando recuerdo el público callado, con el respirar entrecortado por el llanto, y yo mismo era uno de ellos. Cuando subimos al escenario, nos miramos los unos a los otros. No necesitamos de nadie que nos indicara el pulso, que nos diera la entrada, porque ella estaba allí. Parecía que en cualquier momento iba a aparecer allí, con su amenazante baqueta, para guiarnos. Lo hicimos lo mejor que pudimos, sin rendirnos a la emoción, porque estábamos allí por ella. Tantos malos ratos, tantas tensiones producidas en los ensayos dieron su fruto, y ese era. El año anterior viajamos a Vic-en-Bigorre, y allí la gente daba palmas al ritmo del Toreador y enloquecía con La Habanera de Carmen, de Bizet. Todos recordamos aquella actuación con orgullo, pero recordamos esta con admiración. Cómo unos chavales sacaron adelante el concierto, nadie lo sabe, pero ahí están los hechos. Nunca olvidaré a Ester, una de las pocas que sabían algo de música, diciendo: Juani siempre dijo que erais sus chicos, pero también los míos. Ahora mismo lloro viéndola delante mío, llorando, pero feliz. Los hijos que Juani dejó nos felicitaron, y nosotros lloramos aún más. Llegó el siguiente curso, y con él la sombra de la Selectividad. Muchos se fueron, por miedo, y los que quedamos no supimos qué hacer. Hasta ayer, no habría más concierto. Los que me conocen saben que ayer no era persona, que me perdía en el infinito, pero era por el concierto. No podía concebir que algo así se perdiera, que la voz de Juani se perdiera. Sin embargo, algo ha cambiado. Hemos luchado, hemos revuelto cielo y tierra (una más que nadie) y hoy, después de mucho tiempo, ha vuelto ha escucharse a Juani en su reino, diciendo "no lleváis el pulso", o ese "os habéis equivocado de nota". Hoy he sentido que todo tenía sentido, que merecía la pena luchar. No sé que pasará el año que viene, cuando algunos nos vayamos. Sólo que algunos pocos, los niños de Juani, seguirán luchando para que la música no sea relegada a fríos libros de texto. La música seguirá siendo notas cortadas mientras nos comemos el bocadillo, bromas con las baquetas y chistes matutinos. Sé que Juani está orgullosa de sus chicos, aunque uno de ellos no pueda ni leer lo que escribe por culpa de las malditas lágrimas. Os deseo que haya música en vuestra vida, aunque sólo sea el latir de quien amáis. Allá donde estés, te mando un fuerte abrazo, hermano o hermana.

jueves, octubre 11, 2007

Si de algo se vanagloriaron los políticos de turno al presentar estas fiestas fue de los dos conciertos de Héroes del Silencio, la banda de rock más grande que ha dado Zaragoza en su larga historia (si bien los fans habíamos comprado sus entradas 8 meses antes, pero en fín; esto es política) Los medios de comunicación se volcaron con la gira de Héroes, que los llevó por gran parte de Sudamérica y los Estados Unidos, pero cuando faltaban sólo días para la cita de ayer explotaron. La portada de cada diario se dedicaba a los Héroes, con una amplia cobertura seguida por miles de entusiastas, que ayer esperaron una media de 6 horas (yo esperé 4, pero aún así lo vi genial) para disfrutar del reencuentro de la banda después de cerca de 10 años de miradas frías y preguntas en el aire. Todo eso se aparcó cuando anunciaron la gira, y ayer se demostró que siguen siendo el grupo que en los 90 arrasó medio mundo. Durante la introducción (Song to the siren, de Gladiator) el estadio de La Romareda permaneció a oscuras, pero en el interior de cada uno de los que estábamos ahí ardía una llama que se reflejaba en nuestra mirada, y ese fuego explotó en gritos cuando las pantallas que cubrían el escenario se levantaron, poco a poco, para dar paso a la banda que había reunido a 40.000 personas en unas solas horas, en las que se vendieron las entradas. Como curiosidad, cuando iba hacia el concierto vi a alguno que vendía entradas por unos 600 euros (800 dólares), siendo que se vendieron por 40. El dinero y los sacrificios no importaban por volver a ver a los Héroes, que hicieron de esa noche algo único. Bunbury, a pesar de estar enfermo, hizo vibrar al estadio como lo hacían sus cuerdas vocales, que saltó y gritó cada palabra de cada canción. Con canciones como Maldito duende, Iberia sumergida, La chispa adecuada o La herida mi voz se rompía, pero sacaba fuerzas de donde no había para seguir en el ritual. Por 2 veces acabaron, pero volvieron ante la insistencia de la marea negra que los llevó a lo más alto, y no los olvidó. A la tercera huida los gritos fueron más largos, pero fueron callados por los fuegos artificales, que ponían el broche a una noche inolvidable. Para mí sólo les faltó despedirse de verdad cuando estallaron los fuegos artificiales (siempre cumpliendo con su labor, siempre desafiantes contra los dioses), pero los que estuvieron más cerca del escenario vieron que la letra de las canciones aparecía en pantallas para que Bunbury las cantara. Aunque es un héroe en el escenario, y se mueve como nadie, eso no se puede hacer tocando ante 40.000 hermanos. Es lo único que podría empañar la noche, pero aún así fue algo impresionante, único, que recordaré, esto sí, toda mi vida (demasiadas cosas para recordar, me parece a mí) Y esta noche, algo totalmente distinto: Mojinos Escocíos y Los Gandules. Mañana os cuento...

lunes, octubre 08, 2007

El sábado comenzaron las fiestas de Zaragoza en honor a la virgen del Pilar, para alegría de todos los fiesteros, y servidor ha estado en ellas desde el principio. Después de escuchar el pregón, y disfrutar del magnífico espectáculo de los fuegos artificiales (hablaré de ellos cuando acaben las fiestas) ya tuve la suerte de presenciar un concierto, en esta ocasión el de un grupo novel, pero que tiene mucho que enseñar: Nena Daconte. Presentaban su primer disco, He perdido los zapatos, y estuvieron geniales, aunque el tipo de música que hacen no esté destinado a llenar grandes estadios. La cantante, Mai Meneses, tiene una voz única, cuyo timbre recuerda un poco al de una niña, pero que me emociona cada vez que habla. Cuando sea viejo, y mi cuerpo se meza inerte con el viento, todavía entonces oiré la voz de Mai, retando a todo el público con su "buenas noches, Zaragoza". Cuando cierro los ojos todavía recuerdo su cuerpo, balanceándose blandiendo el micrófono y su voz como únicas armas contra nuestro cierzo, que amenazaba con arruinar el recital. Entre canción y canción, aprovechaba para gritarle todas las veces que podía guapa, y en una de esas ocasiones se inclinó en mi dirección, ya que era el único chico que estaba cantando y saltando entre la marabunta de quinceañeras pintarrajeadas. Fue un gran concierto, al menos para mí, y lo recordaré durante mucho tiempo (quizá no me acuerde cuando sea viejo, igual me he pasado). Si queréis escuchar alguna canción de ellos, os dejo un enlace a mi canción preferida (Idiota) en Youtube, pero si quieréis cualquier otra, miráis en Wikipedia y la volvéis a busacr en Youtube. Y si os gusta, ya sabéis, compraos el disco, que si no no habrá más Nena Daconte. Un saludo, aunque sea con afonía.
 

Copyright 2010 Archivo de las pequeñas cosas.

Theme by WordpressCenter.com.
Blogger Template by Beta Templates.