domingo, 14 de enero de 2018

"No era que hubiese dejado de prestar atención al mundo, pero el mundo ya no solo se caía a pedazos, sino que estaba ardiendo, y la cuestión era: ¿qué hacer o dejar de hacer cuando el mundo era presa de un incendio y no se disponía del material necesario para apagar las llamas, cuando el fuego había prendido tanto dentro de ti como a tu alrededor e hicieras lo que hicieses odejaras de hacer no ibas a cambiar nada con tus actos? Ceñirse al plan y escribir el libro. Esa es la única respuesta que se le ocurría. Escribir el libro sustituyendo el incendio real por un fuego imaginario y esperar un resultado mejor que la simple insignificancia.

[...]

Comprendía lo delicada que era esa postura. La arrogancia que implicaba, el egoísmo, el error de pensar en el arte por encima de todo, pero si no se ceñía a su argumento (que quizás no era tanto un argumento como un reflejo instintivo), se abandonaría a un argumento en contrario en donde los libros ya no serían necesarios, ¿y qué momento podría ser más importante para escribir libros que un año en que el mundo estaba en llamas... y uno se consumía con él?"

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Paul Auster

sábado, 13 de enero de 2018

"...y en todo momento, desde el comienzo de su vida consciente, la insistente impresión de que por los desvíos y vías paralelas de los caminos que se han tomado y que no se han tomado ha circulado la misma gente al mismo tiempo, la gente visible y la que está en la sombra, y que el mundo tal cual era nunca podría ser más que una fracción del mundo, porque lo real también consistía en lo que podría haber ocurrido pero no sucedió, que un csmino no era mejor o peor que cualquier otro, pero el tormento de estar vivo en un solo cuerpo significaba que en un momento dado uno tenía que encontrarse exclusivamente en un solo camino, aunque pudiera haber estado en otro dirigiéndose a un lugar enteramente diferente.

[...]

Dios no estaba en ninguna parte, dijo para sí, pero la vida estaba en todas partes, y la muerte estaba en todas partes, y los vivos y los muertos estaban unidos."

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Paul Auster

miércoles, 27 de diciembre de 2017

¿Por qué tenemos que seguir cambiando hasta el día en que muramos? ¿Por qué no nos basta con perder, sino que debemos encender nosotros el fuego purificador? El tiempo nos curte la piel y, cuando esto no basta, el destino nos obliga a lijarnos las yemas para que el desierto penetre mejor en nosotros. Las angustias futuras se encarnan en el presente, hienden sus raíces en nuestro palpitar diario para secarnos cuando todavía llueve. Acaricias con intensidad los viejos amuletos, maderas ajadas que ya no recibirán nuevas admiraciones ni soportarán risas, y piensas en toda la vida que borras al arrancar esas astillas. Sus dedos acariciándote a través de los diminutos agujeros, su cabeza apenas asomando al final del respaldo, el ejemplar retirado porque un sol así siempre necesita un apoyo más resistente. Mudos testigos de una vida que se va día a día, sin tragedias, con la frialdad que recibimos todos los excluidos de una novela o película. En realidad, no tiene sentido llorar porque esta es solo la hoguera de este año: muchos otros vinieron antes y muchos otros se irán después. Y junto a ellos nos perderemos como humo en una niebla ligera, apenas un leve carraspeo en una tarde anodina.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Ya no disfruto cuando leo. Al coger un libro pienso en todos los que me todavía me faltan, en todos los que he leído para poder entender el peso que me quema en la mano. Página a página, no paso solo una historia sino que voy hilando las líneas que ha trazado toda la humanidad. Por eso, cuando me he sumergido en el relato echo a llorar pensando que ya nunca superaré otro título, que me quedaré para siempre varado en un mar de tibias lecturas lejos de todas las leyendas que pueblan mi mente. Mis ojos no leen palabras, solo referencias a otras obras en un juego mortal que se cobró hace tiempo mi cordura y mi pasión.

Mientras juego a un videojuego me sumerjo en una ficción que poco durará; en cuanto dejo el mando vuelven los fantasmas de los demás títulos que luchan por mi control. Nunca jugaré lo suficiente, jamás llegaré a conocer cada mundo como debería. Después de pasar horas viviendo en la piel de otra persona, siento cómo ese disfraz se cuartea y me araña muy dentro de mí. Me obligo a terminar cada aventura porque debo hacerlo, aunque habría querido romper ese progreso mucho antes.

No hablemos de series, por favor. Ya no añado más nombres a mi lista porque no tiene sentido. Ahora solo gestiono listas de series, incluso estas se me acumulan y me frustra pensar solamente en encender la televisión.

Y música... Hace tiempo que desconecté de las novedades, solo profundizo en la discografía de Cohen y Dylan porque es mi propia sangre. Cada canción son referencias que no entiendo, versos que se pierden en un inglés pésimo, estrofas que nunca termino de aprender del todo. Los nuevos descubrimientos aportan más sal a mis heridas siempre abiertas ante mis manos inquisitivas: estilos e influencias se agolpan en el yunque, impiden escuchar notas y solo me transmiten referencias a pie de página. La música ya no son ondas, solo relaciones aritméticas y repeticiones.

Cuando beso, ya no beso. Mis labios muestran la historia de la humanidad, la presentan a cada segundo y demuestran una vez más mi incapacidad de existir. No soy nadie en un pálido punto azul del océano, sumergido en un tiempo huracanado que quiere destruirme una y otra vez. Por eso, nunca estoy solo: me apoyan siglos y siglos de evolución para que el frío no me hiele, el gluten no me mate y las fieras se queden al otro lado de la pantalla.

Yo nunca soy yo, solo mis circunstancias.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Soy solo la sombra del hombre que una vez fui. Suena terrible, pero siempre vivimos detrás de la imagen que construimos, una poderosa torre que nunca somos nosotros. Cada días somos presos de lo que hicimos el instante anterior, luchando en un presente menguante. De hecho, a menudo ni siquiera vemos la torre sino que solamente admiramos su recuerdo, una falsa postal con la que jugamos a historiadores: trazamos una línea recta desde el ahora, una flecha que solo recorre aquellos puntos que concuerdan con nuestra visión. A posteriori nunca hay contradicciones, todo encaja porque serramos las piezas hasta que las aristas desaparecen. Las poderosas espinas que tanto nos han ayudado a crecer son peligrosas cuando ya somos mayores, porque nos recuerdan nuestra debilidad; preludio del polvo que nunca nombramos. Y aunque crezcamos, el gran faro siempre estará en sombra en nuestro lado porque no hay que iluminar los andamios. Por eso siempre seremos la sombra de lo que fuimos, porque el futuro no ofrece ningún resguardo.
 

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