viernes, noviembre 20, 2015
Y el deseo se hizo carne y acampó entre nosotros, lejos de miradas del Duque y de análisis psicoanalíticos. A veces un cigarro es solo un cigarro. A veces lo que miramos es solo lo que hay, los millones de píxeles diminutos que forman la persona al otro lado de la mesa. Sonreímos y disfrutamos del olor a navidad en nuestro café porque es una novedad, una nota que se alza entre la sinfonía de mierda que puebla las calles. Nos forzamos a vivir con miedo, huyendo de ciertos espacios porque hay navajas y/o jeringuillas usadas (o peor, a medio usar). Los misterios nunca nos son desvelados porque no hay culto que lo explique. Nos contentamos con permanecer en parcelas apartadas, lugares seguros donde no discutiremos con el vecino, no tendremos que reconocer que podemos estar equivocados. No hace falta psicología para comprobar que la pérdida es el peor de los miedos, más aún cuando se debe a nuestras acciones. Encadéname, córtame la lengua, cóseme los párpados pero nunca nunca nunca me dejes decir algo que te hiera. Algo que demuestre que estamos vivos y no somos una estampa que espera ser trucada por dinero. No es una necesidad: es el deseo.
viernes, octubre 30, 2015
Un túnel,
un pasadizo secreto
compartido solo por dos:
la entrada y la salida.
Las palabras vacías de contenido.
No importa lo que digas, tu voz me basta.
¿Para qué escribir, describir,
forzar la realidad?
Cuando la mejor historia se siente en directo,
cuando los mejores personajes están sobre el escenario
y decorado y público y crítica conspiran sobre la nieve
no tiene sentido confiar a unos y ceros lo más valioso de la vida.
Vive sin miedo a
qué dirán,
qué pasará,
qué será,
qué perderás,
qué brillará
y
qué gritarás.
Vive.
un pasadizo secreto
compartido solo por dos:
la entrada y la salida.
Las palabras vacías de contenido.
No importa lo que digas, tu voz me basta.
¿Para qué escribir, describir,
forzar la realidad?
Cuando la mejor historia se siente en directo,
cuando los mejores personajes están sobre el escenario
y decorado y público y crítica conspiran sobre la nieve
no tiene sentido confiar a unos y ceros lo más valioso de la vida.
Vive sin miedo a
qué dirán,
qué pasará,
qué será,
qué perderás,
qué brillará
y
qué gritarás.
Vive.
miércoles, septiembre 23, 2015
Muy bien, chaval, ya lo tienes. Has estado pidiendo el balón durante todo el partido. Siempre moviéndote en segunda fila, criticando lo cerca que estabas del área sin recibir la pelota ni una sola vez. En el descanso has llorado y has golpeado la pared. Pues bien, aquí tienes lo que querías, pero no la trates así. ¿Se te ha olvidado cómo golpear un balón? Esa es la portería, tienes que meter la cosa redonda en ese puto rectángulo. Deja de morder y pisar el esférico, el pequeño mundo de cuero sintético. Con cada golpe que le das, caen al suelo retazos de otras vidas, diminutos fragmentos de los tesoros que tenías y estás perdiendo con esta furiosa obsesión. No miras, ni siquiera creo que veas algo; permaneces anclado a una repetición mecánica de destrucción sin pena. Los demás jugadores seguimos a tu alrededor, esperando inmóviles algún gesto que no se dirija al balón. Un guiño o cualquier pequeño grito de ayuda y saltamos a por ti, pero no lo haces. Mira, chaval, ¿qué coño querías?
El balón me importa una mierda. Las bebidas derramadas, los hielos derretidos, las puertas abiertas y las listas de músicas en un bucle eterno. Quería el balón para comprobar que puedo darle una patada, echar una carrera y dedicar un gol a cambio de un par de tetas. Necesito la alegría de chapotear en un charco, volver a casa serpenteando cuando el sol ya brilla, acurrucarse en la cama mientras el mundo ya empieza a cuidarte. Quiero el balón para no oír los chasquidos de mis rodillas. Quiero el balón para retrasar mi jubilación. Quiero el balón para jugar una prórroga infinita.
El balón me importa una mierda. Las bebidas derramadas, los hielos derretidos, las puertas abiertas y las listas de músicas en un bucle eterno. Quería el balón para comprobar que puedo darle una patada, echar una carrera y dedicar un gol a cambio de un par de tetas. Necesito la alegría de chapotear en un charco, volver a casa serpenteando cuando el sol ya brilla, acurrucarse en la cama mientras el mundo ya empieza a cuidarte. Quiero el balón para no oír los chasquidos de mis rodillas. Quiero el balón para retrasar mi jubilación. Quiero el balón para jugar una prórroga infinita.
miércoles, julio 15, 2015
No sé nada, pero estoy seguro de que la vida no es bonita, justa ni mucho menos fácil. Todo cambia, todo se destruye, nada permanece excepto el miedo. La sombra del dolor también suele aparecer, aunque es fácil ignorarla. Pero sorteando estos accidentes biográficos sobreviven ciertos monumentos. Tan físicos que duele mirarlos, tan etéreos que prevalecen en el tiempo, la memoria y la palabra. Marionetas con miles de manos en nuestro interior, todas esas miradas que nos calaron y ya nunca nos abandonaron. Esos faros que nunca me abandonarán y que me guían cuando estoy perdido, que suele ser siempre. Desde que mis piernas solo se cubrían de una fina pelusilla hasta la primera vez que conquisté un auditorio, hasta este mismo momento en que las lágrimas se mezclan con la sonrisa más dulce, una vez más. Un año más, vuelvo a hacer explícita la vibración que acompaña cada uno de mis latidos, esa luz que me acompaña sin asustarme. La mano amiga que yo debería ser para los demás y nunca presto. El compañero de fatigas de las que huyo. Ser alguien que realmente vive para los demás, no solo de boquilla. Parecerme más a ese puente que superaba todas las aguas, que conectaba las ideas más opuestas en su regazo. Un abrazo que sigue cosechando amor y admiración años después de que sus pilares se rajaran. Pero aun ahora, el puente se erige majestuoso sobre nuestro río, la mejor joya de nuestras vidas. Una luz que podemos admirar, con una suerte increíble, en otros ojos y otra sonrisa. Un amor que intento demostrar en cada abrazo y cada halago, siempre insuficientes. Una vida que intento honrar con la mía, aunque setecientas no bastarían. Una sonrisa que nunca se apagará.
miércoles, junio 24, 2015
No sé contra quién voy, si hay un dragón que justifique mi armadura o solo un foso en que sumergirme con este peso. Las murallas no se construyen para defender del invasor, sino para construir una identidad, una frontera entre nosotros y lo que no somos nosotros. Nosotros, yo. Esa muralla ha sido siempre mi hogar, mi mundo. Las invasiones venían, los defensores poblaban; el mundo giraba y yo no salía de mi alambre particular. Nunca me uní a ningún ejército ni cuadrilla de las que asaltaron estas almenas; ni siquiera cuando un bando venció sobre el otro. Me enorgullezco de ello, era lo que debía y quería hacer. Pero las piedras magulladas son mal cimiento para un hogar, pésima alfombra de juegos y nulo tálamo. Ahora la razón solo envidia los verdes campos, los frutos que se pueden paladear. Los gigantes murieron hace siglos, no podemos medirnos a ellos ni a sus hombros. Besa la arena, cíñete el yugo y rompe a sudar por algo que solo se puede tocar. No te olvides de dar las gracias por el yugo recibido. El corazón empujará contra huesos y tendones para construir una identidad de dos; es imposible pero morirás intentándolo. Y los bárbaros seguirán viniendo, encontrarán las defensas sin guardia y un lobo blanco que llora la muerte, la vida: un duelo descomunal.
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