sábado, 8 de marzo de 2008

Aunque parezca una metáfora, es la realidad. Un gato callejero, sin más dueño que él mismo, ha entrado por la ventana y, en vez de buscar un ratón o algo por el estilo, se ha sentado junto a la ventana y se ha puesto a mirar por ella. ¿Es acaso normal que un animal que puede recorrer todo el mundo entre y se limite a ver cómo brilla el sol a través de una ventana? Podría recorrer campos y campos de suave cebada, retozar por donde quisiera, pero ha elegido sentarse junto a la ventana y mirar. A pesar de estar lejos de él (o ella) puedo sentir lo que siente. La luz del exterior le daña, pero cuando mira al interior no encuentra sino oscuridad. Estará cansado de haber huido de cientos de lugares. En sus patas habrá multitud de cicatrices de multitud de peleas con otros gatos, a los que se negó a dar la razón. A pesar del cansancio, mantiene una postura altiva, que refleja su condición interna, el príncipe que nunca quiso ser. El tren pasa, y lo mira con desdén, lamentándose de las personas que viajan a otros mundos sólo para olvidar este, pero que siempre llevan en su interior. Se vuelve hacia donde yo estoy, y puedo leer en sus ojos una eterna moraleja, un consejo que daba sin desearlo. Cansado de tantas rarezas, se acuesta y duerme. En sueños rueda por la mesa. Alza las patas y frunce el ceño ante una visita del pasado, que creía sepultada. Los ojos se agitan bajos los tranquilos párpados, que intenta arropar al gato en su eterno divagar. Sin embargo, el frío está en su interior. El gato sigue ahí, soñando, pero yo me voy. Ya he visto demasiado.

1 burradas:

Iván dijo...

Cuanta filosofía se esconde en la mirada de un gato. Desde luego seguro que habrá vivido con más intensidad que cualquiera de nosotros. Nuestra sociedad nos aborrega.

 

Copyright 2010 Archivo de las pequeñas cosas.

Theme by WordpressCenter.com.
Blogger Template by Beta Templates.